La dignidad de la persona
La dignidad de la persona humana consiste, esencialmente, en que cada ser humano es un fin en sí mismo de desarrollo y perfeccionamiento corporal y espiritual. Por ello, ningún ser humano puede ser utilizado, ni se debe abusar de él, ni debe ser privado de sus posibilidades de realización. La dignidad de la persona es algo que todos deben proteger y defender.
Consustanciales a la dignidad de la persona son los derechos de libertad, igualdad y seguridad. La libertad, porque la persona debe poder elegir las mejores maneras de realizarse en la vida, siguiendo sus intereses y sus inclinaciones. La igualdad, porque todos debemos ser reconocidos como iguales ante las leyes y la sociedad para no ser postergados arbitrariamente. La seguridad, porque la vida, la integridad física y la posibilidad de progreso deben ser garantizadas a cada una de las personas para que así puedan desarrollarse verdaderamente.
Hoy en el mundo considera que cada persona es digna por sí misma y, por ello, se ha establecido la Declaración Universal de los Derechos Humanos en las Naciones Unidas. Sin embargo, no siempre fue así.
En otros tiempos hubo esclavos quienes, inclusive, no eran considerados humanos en las relaciones cotidianas de las personas. También se establecieron muchas veces diferencias entre aristócratas y plebeyos o ciudadanos comunes, dando los beneficios a la aristocracia y las cargas al pueblo llano.
Aún hoy día existen muchos casos en los que la dignidad de las personas es pasada por alto. Por ejemplo, cuando se maltrata a un niño o a una persona indefensa; cuando se hace trabajar excesivamente a las personas; cuando se ejercita la tortura; cuando se insulta. Podríamos poner muchos más ejemplos, pero bastan éstos para ver que la humanidad aún no ha avanzado mucho en este aspecto. Es un esfuerzo en el que debemos poner lo mejor de nosotros porque, de esta manera, la sociedad será cada vez más pacífica y más humana.
El ser humano es digno por naturaleza, porque:
Es un fin en sí mismo y no un medio. Ello significa que somos dueños de nuestros actos y no podemos estar sometidos a esclavitud, opresión o cualquier otra forma que limite nuestra esfera de actuación.
Por lo tanto, cada uno de nosotros tiene que ser objeto de respeto y consideración al margen de cualquier condición como raza, sexo, religión, ideología, situación social o económica.
El respeto que nos merecemos hace que tratemos por igual, y con la misma amabilidad y atención, a cualquier persona que necesite nuestra ayuda, consejo o nos pida un favor, etc. En fin, cualquier sea la circunstancia en que entablemos una relación con otra persona tenemos que tratarla con el mismo respeto y consideración, de la misma manera con que a nosotros nos gustaría que nos traten.
Ello se debe a que no existen tipos de seres humanos (razas, categorías como negro, blanco, etc.), no hay clases con mayor o menor dignidad (sociales, económicas, etc.), por el contrario, todos nos merecemos el mismo trato digno de acuerdo a nuestra calidad como persona.
En consecuencia, atentar contra nuestra dignidad no es sólo atentar contra cualquiera de los derechos que por ser tal, tenemos, sino, en líneas generales, es actuar contrariamente a las posibilidades de realización que todo ser humano aspira en la sociedad. Por ello su defensa tiene que darse vía mecanismos concretos de parte del Estado (dictando leyes de protección y castigando a quienes la violen) y de la Sociedad (donde todos y cada uno de nosotros nos respetemos mutuamente y nos toleremos, pues si bien todos tenemos la misma dignidad somos diferentes en cuanto a expresar nuestras ideas e ideales, nuestras posibilidades de realización, etc.).
El respeto de la dignidad corresponde a todos los seres humanos sin excepción a todas las instituciones políticas, sociales, económicas que se encuentran insertos en nuestra localidad, en nuestro país y en el mundo entero.
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