El cuento que nunca acaba
Cuento Budista
En un lejano país reinaba un poderoso monarca muy aficionado a oír extrañas y largas historias. Dedicaba gran parte de su tiempo a tal diversión, pero nunca quedaba satisfecho. Un día publicó una ordenanza en la cual ponía en conocimiento de sus súbditos, que haría príncipe heredero de su corona y daría a su hija por esposa a aquel que le contara un cuento que no acabara nunca. Pero advirtió que haría cortar la cabeza al que fracasará.
Ante la promesa de un trono y una bella princesa, acudieron muchos pretendientes, pero acabaron bajo el hacha del verdugo.
Un día llegó un hombre que dijo saber una historia que no acaba nunca. Después de organizar las horas para contar el cuento y las de sus comidas y descanso, comenzó su narración:
-Señor, había una vez un rey que era gran tirano y avaro; y deseando aumentar sus riquezas, hizo recoger todo el grano de su reino y lo almacenó en un inmenso granero alto como una montaña y de amplísimas dimensiones, que había construido para este fin.
Finalmente el depósito se llenó y fue cuidadosamente tapado por todos lados. Sin embargo por un descuido de los albañiles, había quedado un agujerito en el techo del granero y no bien se dieron las langostas, acudieron en nubes para robar el grano. Pero el orificio era tan pequeño que los insectos sólo podían entrar y salir de uno en uno.
Así, entró una langosta y salió con un grano; después entró otra langosta y salió con otro grano; después entró otra langosta y salió con otro grano; después entró langosta y salió con otro grano; después entro …
Y así el hábil pretendiente prosiguió durante dos meses. El rey aunque dotado de mucha paciencia, empezó a cansarse de tanta langosta e interrumpió al narrador:
Perfecto, ya tenemos bastantes langostas. Supongamos que llevaron todos los granos. ¿Qué sucedió después?
-Perdonad majestad, pero es imposible que os diga que sucedió después sin antes referirme a lo que ocurrió primero- respondió el narrador intencionadamente, y que no estaba dispuesto a cambiar sus planes.
Con admirable paciencia el rey escuchó durante seis meses más, hasta que un día, el rey medio loco de tanto escuchar el conteo de langosta por langosta y de grano por grano exclamó:
-¡Basta! Tomad mi hija, mi reino, mi corona, todo lo que queráis, pero no habléis más de langostas.
El narrador se casó y fue declarado heredero del trono; pero nadie tuvo el menor deseo de oír la continuación ni el final de la historia.
Así el ingenioso y hábil narrador acabó con la insensata extravagancia del rey.
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